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Ludwig Von Mises. Quinta Conferencia Argentina. Inversiones Extranjeras


Inversiones Extranjeras
Alguna gente llama a los programas de libertad económica un ‘programa negativo’. Dicen: ‘¿Qué es lo que Uds. los liberales desean realmente? Están en contra del socialismo, del intervencionismo gubernamental, de la inflación, de la violencia sindical, de las tarifas de protección… Uds. dicen ‘no’ a todo’.
Yo llamaría a esta declaración una poco profunda y prejuiciada formulación del problema.
Por que es posible formular un programa liberal en una forma positiva. Si una persona dice: ‘Yo estoy en contra de la censura’, no es negativa; está a favor que los autores tengan el derecho de determinar lo que desean publicar, sin interferencia del gobierno.
Esto no es negativismo, es precisamente libertad. (Desde ya, cuando uso el término ‘liberal’ con respecto a las condiciones del sistema económico, quiero significar liberal en el antiguo sentido clásico de la palabra) Actualmente, la mayor parte de la gente considera las notables diferencias en el nivel de vida de diferentes países como insatisfactoria. Hace doscientos años atrás, las condiciones en Gran Bretaña eran mucho peores que lo que hoy son en la India. Pero en 1750 los Británicos no se llamaban a sí mismos ‘subdesarrollados’ o ‘atrasados’ porque no estaban en situación de comparar las condiciones de su país con las de países en los cuales las condiciones económicas eran más satisfactorias. En la actualidad, todos los pueblos que no han alcanzado el nivel de vida promedio de los EEUU creen que hay algo que no está bien en su propia situación económica. Muchos de estos países se llaman a sí mismos “países en desarrollo” y – como tales – piden ayuda de los así llamados países desarrollados o súper-desarrollados.
Permítanme explicar la realidad de esta situación. El nivel de vida es más bajo en los denominados ‘países en desarrollo’ porque la utilidad promedio proveniente del mismo tipo de trabajo es más bajo en esos países que en algunos países de Europa Occidental, Canadá, Japón y – especialmente – los EEUU. Si tratamos de averiguar las razones de esta diferencia, debemos entender que no se debe a la inferioridad de los trabajadores u otros empleados. Prevalece en algunos grupos de trabajadores Norte Americanos una tendencia a creer que ellos son mejores que otra gente – que es a raíz de su propio mérito que están obteniendo salarios más altos que otra gente.
Solamente sería necesario que un trabajador Norteamericano visitara otro país – digamos Italia, de donde provienen muchos trabajadores Norteamericanos o sus antepasados – que no son sus cualidades personales sino las condiciones prevalecientes en el país las que hacen posible que el gane salarios más altos. Si un Siciliano emigra a los EEUU, muy rápidamente estará ganado un salario de un nivel habitual en los EEUU. Y si el mismo hombre vuelve a Sicilia, descubrirá que su visita a los EEUU no le ha dado cualidades que le permitan ganar, en Sicilia, salarios más altos que sus paisanos.
Ni tampoco puede explicarse esta situación económica dando por sentado algún tipo de inferioridad en los empresarios que actúan fuera de los EEUU. Es un hecho que fuera de los EEUU, Canadá, Europa Occidental y ciertas partes de Asia, el equipamiento de las fábricas y los métodos tecnológicos empleados son considerablemente inferiores a los que se encuentran dentro de los EEUU. Pero esto no se debe a la ignorancia de los empresarios en esos países subdesarrollados. Ellos saben muy bien que las fábricas en los EEUU y Canadá están mejor equipadas. Ellos saben todo lo que es necesario saber sobre tecnología, y si no lo saben, tiene la oportunidad de aprender lo que necesitan conocer a través de libros de texto y de revistas técnicas que diseminan este conocimiento.
Nuevamente: la diferencia no es la inferioridad personal o la ignorancia. La diferencia es la disponibilidad de capital, la cantidad de bienes de capital disponibles. En otras palabras, el monto de capital invertido por unidad de población es mayor en los así llamados ‘países desarrollados’ que en los llamados ‘países subdesarrollados’.
Un empresario no puede pagar a un trabajador por encima del valor agregado por el trabajo de este empleado al valor del producto. No puede pagarle más que lo que los clientes están dispuestos a pagar por el trabajo adicional de este trabajador individual. Si le paga más, no lo recuperará de sus clientes. Incurrirá en pérdidas y, como he indicado una y otra vez y todo el mundo sabe, un empresario que sufre pérdidas debe cambiar sus métodos de hacer negocio o irá a la quiebra.
Los economistas describen este estado de cosas diciendo que ‘los salarios son determinados por la productividad marginal del trabajo’ Esto es solamente otra forma de expresar lo que ya he dicho antes. Es un hecho que la escala de salarios es determinada por el monto por el cual el trabajo del asalariado incrementa el valor del producto. Si una persona trabaja con herramientas mejores y más eficientes puede rendir en una hora mucho más que una persona que trabaja una hora con instrumental menos eficiente. Es obvio que 100 personas trabajando en una fábrica Norteamericana de zapatos, equipada con las más modernas herramientas y máquinas, producen mucho más, en el mismo período de tiempo, que 100 obreros del calzado en la India, que deben trabajar de una forma menos sofisticada, con herramientas anticuadas.
Los empleadores de todos estos países ‘en desarrollo’ saben muy bien que mejores herramientas permitirán que sus empresas sean más rentables. Les gustaría construir más y mejores fábricas. La única cosa que les impide hacerlo es la escasez de capital. La diferencia entre los países ‘en desarrollo’ y los países ‘desarrollados’ es una función de tiempo. Los Británicos comenzaron a ahorrar antes que todas las otras naciones. También comenzaron antes a acumular capital y a invertirlo en negocios. Dado que comenzaron antes, existía un más alto nivel de vida en Gran Bretaña cuando, en todos los demás países europeos, existía todavía un más bajo nivel de vida. Gradualmente, todas las otras naciones, comenzaron a estudiar las condiciones Británicas y no les fue difícil descubrir la razón de la riqueza de Gran Bretaña. Así comenzaron a imitar los métodos Británicos de negocio. Dado que las otras naciones comenzaron más tarde y que los Británicos no se detuvieron en su inversión de capitales, quedaba todavía una gran diferencia entre las condiciones de Inglaterra y las condiciones de esos otros países. Pero algo ocurrió que hizo desaparecer la ventaja de Gran Bretaña. Lo que sucedió fue el mayor evento en la historia del S. XIX, no solamente en la historia individual de algún país. Este gran evento fue el desarrollo, en el S. XIX de la inversión extranjera. En 1817, Ricardo, el gran economista Británico, daba por sentado que el capital podía ser invertido solamente dentro de las fronteras de un país. Daba por hecho que los capitalistas no tratarían de invertir en el extranjero. Pero unas pocas décadas más tarde, las inversiones de capital en el exterior comenzaron a jugar un importantísimo rol en los asuntos mundiales.
Sin inversión de capital, habría sido necesario para las naciones menos desarrolladas que Gran Bretaña, comenzar con los métodos y la tecnología con que los Británicos habían comenzado al principio y la mitad del S. XVIII, y lentamente, paso a paso – siempre muy por debajo del nivel tecnológico de la economía Británica – tratar de imitar lo que los Británicos habían hecho.
Les habría tomado – a estos países – muchas, muchas décadas para alcanzar el nivel de desarrollo tecnológico que Gran Bretaña habría alcanzado cien o más años antes que ellos. Pero el gran evento que ayudó a estos países fue la inversión extranjera.
Inversión extranjera significaba que los capitalistas Británicos invirtieron capital Británico en otras partes del mundo. Primero invirtieron en aquellos países Europeos que, desde el punto de vista de Gran Bretaña, tenían escasez de capital y estaban retrasados en su desarrollo. Es un hecho bien conocido que los ferrocarriles de la mayoría de los países Europeos, y también los de EEUU, fueron construidos con la ayuda del capital Británico.
Como Uds. saben, lo mismo ocurrió en este país, Argentina.
Las compañías de gas en todas las ciudades de Europa también fueron británicas. A mediados de la década de los 1870s, un Británico, autor y poeta, criticó a sus conciudadanos. Dijo: ‘Los Británicos han perdido su antiguo vigor y no tienen más nuevas ideas. No son más una nación importante, con liderazgo en el mundo’. A lo cual Herbert Spencer, el gran sociólogo, contestó: ‘Mire el continente Europeo. Todas las capitales Europeas tienen luz porque una compañía de gas Británica les provee el gas’. Esto era, desde luego, en lo que nos parece la edad ‘remota’ de la iluminación a gas. Y siguiendo con la respuesta al crítico Británico, Herbert Spencer agregaba: ‘Dice Ud. que los Alemanes están muy por delante de Gran Bretaña. Pero mire a Alemania. Aún Berlín, la capital del Reich Alemán, la capital de Geist, estaría a oscuras si una compañía de gas Británica no hubiera invadido el país e iluminado las calles’ De la misma manera, el capital Británico desarrolló los ferrocarriles y muchas ramas de la industria en los EEUU. Y, desde luego, en la medida en que el país importa capitales, su balanza comercial se convierte en los que los no-economistas denominan ‘desfavorable’.
Eso significa que tiene un exceso de importaciones sobre las exportaciones. El motivo de la, para Gran Bretaña, ‘favorable balanza comercial’ era que las fábricas Británicas enviaban muchos tipos de equipamiento a los EEUU y este equipamiento no era pagado en dinero sino por las acciones en las empresas Norteamericanas. Este período de la historia de los EEUU se prolongó hasta los 1890s.
Pero cuando los EEUU, con la ayuda del capital Británico – y más tarde con la ayuda de sus propias políticas pro-capitalistas – desarrollaron su propio sistema económico de una forma sin precedentes, los americanos comenzaron a recomprar las acciones que en su momento habían vendido a los extranjeros. Entonces los EEUU tenían un excedente de exportaciones sobre importaciones. La diferencia fue cancelada con la importación – la repatriación, como alguien lo llamó – de las acciones de las empresas Norteamericanas Este período se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Lo que ocurrió después es otra historia. Es la historia de los subsidios Norteamericanos otorgados entre y después de las dos guerras mundiales a los países beligerantes; los préstamos, las inversiones hechas por EEUU en Europa, además de los préstamos-y-arriendos, la ayuda extranjera, el Plan Marshall, alimentos que fueron enviados a ultramar y otros subsidios. Enfatizo esto porque la gente a veces cree que es vergonzoso o degradante tener capital extranjero trabajando en su propio país. Debe entenderse que, en todos los países excepto Inglaterra, la inversión de capital extranjero tuvo un rol importante en el desarrollo de las modernas industrias.
Si afirmamos que la inversión extranjera fue el mayor evento histórico del S. XIX, debe pensarse en todas las cosas que no habrían llegado a existir de no haber existido esa inversión extranjera. Todos los ferrocarriles, los puertos, las factorías y minas en Asia, el Canal de Suez y otras tantas cosas en el Hemisferio Occidental, no habrían sido construidos si no hubiera existido la inversión extranjera.
La inversión extranjera se realiza con la expectativa que no será expropiada. Nadie invertiría nada si supiera con anticipación que alguien expropiaría su inversión. En el momento en que se realizaron dichas inversiones extranjeras en el S. XIX, y a principios del S. XX, no existía la cuestión de la expropiación. Desde el principio, algunos países mostraron una cierta hostilidad hacia el capital extranjero, pero en su mayor parte se dieron buena cuenta que obtenían una enorme ventaja de estas inversiones extranjeras.
En algunos casos, estas inversiones extranjeras no fueron hechas directamente a capitalistas en el país de destino, sino indirectamente por medio de préstamos al respectivo gobierno. Y era entonces el gobierno quien usaba el dinero para las inversiones. Así fue, por ejemplo, el caso de Rusia. Por razones puramente políticas, los Franceses invirtieron en Rusia, en las dos décadas precedentes a la Primera Guerra Mundial, alrededor de veinte mil millones de francos oro, prestándolos principalmente al Gobierno Ruso. Todas las grandes empresas del Gobierno Ruso – por ejemplo el ferrocarril que conecta Rusia desde los Montes Urales, a través de la nieve y el hielo de Siberia, hasta el Pacífico – fueron realizadas, mayormente, con el capital extranjero prestado al Gobierno Ruso. Se darán cuenta que los franceses ni pensaron que un día habría un Gobierno Ruso comunista que simplemente declararía que no pagaba las deudas incurridas por su predecesor, el Gobierno Zarista.
Con la Primera Guerra Mundial, comenzó un período de una guerra universal, una guerra abierta contra las inversiones extranjeras. Dado que no existe remedio alguno para prevenir que un gobierno expropie el capital invertido, no existe, prácticamente, protección legal alguna para las inversiones extranjeras en el mundo de hoy en día. Los capitalistas no previeron esto. Si los capitalistas de los países exportadores de capital se hubieran dado cuenta de ello, todas las inversiones extranjeras habrían terminado hace cuarenta o cincuenta años atrás. Pero los capitalistas no podían creer que algún país fuera tan falto de ética como para incumplir una deuda o expropiar y confiscar la inversión extranjera.
Con estos hechos comenzó un nuevo capitulo de la historia económica del mundo. Y llegó al final un gran período del Siglo XIX cuando las inversiones extranjeras ayudaron a desarrollar, en todo el mundo, modernos métodos de transporte, manufactura, minería y agricultura. Llegó un nuevo período en el cual los gobiernos y los partidos políticos consideraban al inversor extranjero como un explotador que debía ser expulsado del país.
En esta actitud anticapitalista, los soviéticos no fueron los únicos pecadores. Recuérdese, por ejemplo, la expropiación de los campos petrolíferos en México, así como las cosas que ocurrieron en esta país (Argentina) que no considero necesario comentar.
La situación en el mundo hoy en día, creada por el sistema de expropiación del capital extranjero, consiste en: a) la expropiación directa y b) la expropiación indirecta a través de controles de cambio o de impuestos discriminatorios. Este es un problema, principalmente, de los países en desarrollo.
Tómese el ejemplo del más grande estos países, la India. Bajo el sistema Británico, el capital Británico (predominantemente capital Británico pero también de otras naciones europeas) fue invertido en la India. Y los Británicos exportaron a la India algo más que debe mencionarse al respecto: exportaron a la India modernos métodos para combatir las enfermedades infecciosas. El resultado fue un tremendo incremento de la población en la India y un correspondiente incremento en los problemas de ese país. Enfrentada a una situación que empeoraba, la India se volvió hacia la expropiación como un medio de solucionar sus problemas. Pero no siempre fue una expropiación directa; el Gobierno hostigó a los capitalistas extranjeros, obstaculizando sus negocios de tal manera que estos inversores extranjeros se vieron forzados a malvender sus empresas. La India pudo así, desde luego, acumular capital por otro método, la acumulación doméstica de capital. Sin embargo la India es tan hostil a la acumulación doméstica de capital como al capital extranjero. El Gobierno de la India dice que desea industrializar su país, pero lo que realmente tiene in mente es tener empresas socialistas. Hace unos pocos años, el estadista Jawaharlal Nehru publicó una colección de sus discursos. El libro fue lanzado con la intención de hacer más atractiva la inversión extranjera en la India. El Gobierno de la India no se opone al capital extranjero antes que sea invertido. La hostilidad comienza cuando el capital ya ha sido invertido. En este libro – cito literalmente – el Sr. Nehru dice: “Desde ya deseamos concretar el socialismo. Pero no estamos opuestos a la empresa privada. Deseamos alentar, de toda forma, la empresa privada. Deseamos prometer a los empresarios que inviertan en nuestro país que nos los expropiaremos ni los socializaremos por diez años, quizás por un período más largo” ¡Y él pensaba que esto era una invitación para venir a la India! El problema – como Uds. saben – es la acumulación doméstica de capital. En todos los países, hoy en día, hay muy altos impuestos sobre las empresas. De hecho existe una doble imposición sobre las sociedades. Primero, las utilidades de las empresas están sujetas a muy altos impuestos y, segundo, los dividendos que esas empresas pagan a sus accionistas están nuevamente sujetos a impuestos. Y esto se hace de una forma progresiva.
La imposición progresiva sobre las utilidades y los dividendos significa que precisamente esa parte de las utilidades que la gente podría haber ahorrado y volver a invertir, se elimina con los impuestos. Tómese el ejemplo de los Estados Unidos. Hace unos pocos años existía un impuesto sobre las “utilidades excesivas” el cual significaba que por cada dólar ganado la empresa retenía solamente dieciocho centavos. Cuando estos dieciocho centavos eran pagados como dividendos a los accionistas, aquellos que tenían una gran cantidad de acciones tenían que pagar otro sesenta ú ochenta ó aún un mayor porcentaje de los mismos como impuestos. Del dólar de utilidad podía guardarse solamente siete centavos y los otros noventa y tres centavos iban al Gobierno. De estos noventa y tres centavos, una gran parte podría haberse ahorrado o reinvertido. En cambio, el Gobierno lo usaba para gastos corrientes. Esta es la política de los Estados Unidos.
Creo que ha quedado claro que la política de los Estados Unidos no es un ejemplo para ser imitado por otros países. Esta política de los Estados Unidos es peor que mala, es insana. La única cosa que desearía agregar es que los países ricos pueden darse el lujo de tener más políticas erróneas que un país pobre. En los Estados Unidos, a pesos de estos sistemas impositivos, existe todavía acumulación de capital e inversiones adicionales, cada año, y – por lo tanto – existe todavía una tendencia hacia el mejoramiento del nivel de vida.
Peo en muchos otros países el problemas es muy crítico. No hay – o no hay suficiente – ahorro doméstico, y la inversión de capital desde el exterior se reduce considerablemente por el hecho que estos países son abiertamente hostiles a la inversión extranjera. ¿Cómo pueden hablar de industrialización, de la necesidad de desarrollar nuevas plantas, de mejorar condiciones, de elevar el nivel de vida, de tener mejores salarios, mejores medios de transporte, si hacen cosas que tienen precisamente el efecto contrario? Lo que sus políticas realmente logran es impedir la acumulación de capital doméstico, o reducir su tasa de crecimiento, y poner obstáculos para la llegada del capital extranjero.
El resultado final es, ciertamente, muy malo. Tal situación ocasiona una pérdida de confianza, y hoy en día hay cada vez más y más desconfianza por parte de la inversión extranjera. Aún si dichos países cambiaran inmediatamente sus políticas e hicieran todas las promesas posibles, es muy dudoso que pudieran una vez más inspirar a los capitalistas extranjeros que inviertan.
Existe, por supuesto, algunos métodos para evitar esta consecuencia. Uno podría ser establecer algún tipo de estatutos internacionales, no solamente acuerdos, que podrán sacar el tema de las inversiones de las jurisdicciones nacionales. Esto es algo que podrán hacer las Naciones Unidas. Pero las Naciones Unidas es simplemente un lugar de reunión para discusiones inútiles. Dándose cuenta de la enorme importancia de la inversión extranjera, comprendiendo que las inversiones extranjeras pueden producir un mejoramiento en las condiciones políticas y económicas mundiales, se podría tratar de hacer algo desde el ángulo de la legislación internacional.
Este es un problema técnico-legal, que solamente menciono, ya que la situación no es desesperada. Si el mundo realmente quisiera hacer posible a los países no desarrollados poder elevar su nivel de vida al nivel de los Estados Unidos, entonces podría hacerse.
Solamente es necesario entender cómo podría hacerse.
Lo que falta para hacer a los países no desarrollados tan prósperos como los Estados Unidos, es solamente una cosa, capital, y – por supuesto – la libertad para utilizarlo bajo la disciplina del mercado y no bajo la disciplina de los gobiernos. Estas naciones deben promover la acumulación de capital doméstico y hacer posible que los capitales extranjeros lleguen a sus países.
Para el desarrollo del ahorro doméstico se hace necesario mencionar otra vez que el ahorro doméstico, de las masas populares, presupone la existencia de una unidad monetaria estable. Esto implica la ausencia de cualquier clase de inflación.
Una gran parte del capital utilizado por las compañías Estadounidenses es propiedad de los mismos trabajadores y de otra gente de modestos recursos. Billones y billones de dólares en depósitos en cajas de ahorro, de bonos y de pólizas de seguro son el capital utilizado por estas empresas. En el mercado financiero de los Estados Unidos hoy en día, los grandes prestamistas de dinero no son más los bancos sino las compañías aseguradoras, cuyo dinero es propiedad – no técnicamente pero sí desde un punto de vista económico – de los asegurados. Y prácticamente cualquier persona en los Estados Unidos está asegurada, de una u otra forma. El prerrequisito para una mayor igualdad económica en el mundo es la industrialización. Y ésta es posible solamente a través de un incremento en la inversión de capital, una mayor acumulación de capital. Quizás Uds.
estén asombrados que no he mencionado una medida que se considera el método primordial para industrializar un país. Hablo del proteccionismo. Pero las tarifas y los controles de cambio son exactamente los medios para impedir la inversion de capital en un país y su industrialización. El único camino para incrementar la industrialización es tener más capital. El proteccionismo solamente desvía las inversiones de un sector de negocios a otro. El proteccionismo, por sí solo, no agrega nada al capital de un país. Paras instalar una nueva fábrica uno necesita capital. Para mejorar una fábrica ya existente uno necesita capital, no una tarifa.
No deseo explayarme sobre el problema de la libertad de comercio o sobre el proteccionismo. Espero que la mayor parte de sus libros de texto sobre economía, lo expliquen de una manera adecuada. La protección no mejora la situación económica de un país. Y lo que ciertamente no la mejora, es el sindicalismo. Si las condiciones son insatisfactorias, si los salarios son bajos, si el salariado de un país mira a los Estados Unidos y lee sobre lo que pasa allí, si ve en las películas como el hogar de un Estadounidense promedio estás equipado con todo el confort moderno, puede tener envidia. Tiene toda la razón en decir “Deberíamos tener lo mismo”. Pero la única manera de obtenerlo es el incremento del capital.
Los sindicatos usan de la violencia contra los empresarios y contra la gente a quien llaman “rompehuelgas”. A pesar de su poder y de su violencia, sin embargo, los sindicatos no pueden elevar los salarios, continuamente, para todos los asalariados. Igualmente inefectivos son los decretos gubernamentales fijando salarios mínimos. Lo que los sindicatos logran, si tienen éxito en elevar las escalas salariales, es un permanente, duradero desempleo.
Pero los sindicatos no pueden industrializar el país, no pueden elevar el nivel de vida de los trabajadores. Y éste es el punto crítico. Debe comprenderse que todas las políticas de un país, cuyo objetivo sea mejorar el nivel de vida, deben dirigirse hacia un incremento de la inversión de capital per cápita. Esta medida de inversión de capital per cápita todavía se está incrementando en los Estados Unidos, a pesar de todas sus malas políticas. Lo mismo es cierto respecto a Canadá y a algunos países de Europa Occidental. Pero, infortunadamente, se está reduciendo en países como la India.
Leemos todos los días en los periódicos que la población mundial se está volviendo cada vez más grande, quizás 45 millones de personas – ó aún más – por año. ¿Cómo terminará esto? ¿Cómo serán los resultados y las consecuencias? Recuerden lo que dije sobre Gran Bretaña. En 1750 los Británicos pensaban que seis millones de habitantes constituían una tremenda sobrepoblación para las Islas Británicas y que estaban encaminados hacia hambrunas y plagas. Pero al principio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, cincuenta millones de habitantes vivían en las Islas y con un nivel de vida incomparablemente superior al que habían tenido en 1750. Esto fue el efecto de lo que se denomina industrialización, una palabra algo inadecuada. El progreso de Gran Bretaña se originó en el incremento de la inversión de capital per cápita. Como mencioné antes, existe un solo camino para que una nación logre la prosperidad. Si se incrementa el capital, se incrementa la productividad marginal del trabajo, y el resultado será que los salarios reales se elevarán. En un mundo sin barreras a las migraciones, habría una tendencia mundial hacia el igualamiento de los noveles salariales. Si no existieran barreras a las migraciones hoy en día, probablemente veinte millones de personas, por año, tratarían de llegar los Estados Unidos, para conseguir mejores salarios. Ese influjo reduciría los salarios en los Estados Unidos y los aumentaría en otros países.
No dispongo del tiempo para analizar este problema de las barreras a las migraciones.
Pero deseo remarcar que existe otro método para el igualamiento de los noveles salariales en todo el mundo. Este otro método, que opera en ausencia de la libertad para migrar, es la migración de capital. Los capitalistas tienen la tendencia de mudarse hacia aquellos países donde exista una gran cantidad de fuerza laboral disponible y en los cuales los resultados del trabajo sean razonables. Y por el hecho que exportan capital a esos países dan lugar a un a tendencia hacia mayores niveles salariales. Esto ha funcionado así en el pasado y funcionará en el futuro de la misma manera.
Cuando el capital Británico fue invertido por primera vez en – digamos – Austria o Bolivia, los niveles salariales eran muy, muy inferiores a los prevalecientes en Gran Bretaña. Pero esta inversión adicional de capital dio lugar a una tendencia hacia mayores salarios en esos países. Y dicha tendencia prevaleció en todo el mundo. Es un hecho bien conocido, por ejemplo, que tan pronto la United Fruit Company se instaló en Guatemala, el resultado fue una tendencia general hacia mayores niveles salariales, comenzando con los salarios que pagaba la United Fruit Company, lo que hizo necesario que otros empleadores pagaran también salarios más altos. Por lo tanto, no existe razón alguna para ser pesimista respecto al futuro de los países “no desarrollados” Estoy totalmente de acuerdo con los comunistas y con los sindicatos cuando dicen “Lo que se necesita es elevar el nivel de vida”. Hace poco tiempo, en un libro publicado en los Estados Unidos, un profesor indicó: “Ahora tenemos suficiente de todo, ¿por qué la gente en el mundo trabaja tan duro todavía?” No dudo que este profesor tiene de todo. Pero existe otra gente en otros países, también mucha gente en los Estados Unidos, que desean y deberían tener un mejor novel de vida. Fuera de los Estados Unidos – en América Latina y, aún más, en Asia y en África – todos desean ver mejoradas las condiciones en su propio país. Un más alto nivel de vida trae aparejado u más alto de nivel de cultura y civilización.
Así es que estoy totalmente de acuerdo con la meta final de elevar el nivel de vida en todas partes. Pero estoy en desacuerdo con las medidas que deben adoptarse para llegar a esa meta. ¿Qué medidas nos permitirán llegar a ese fin? No la protección, no la interferencia del gobierno, no el socialismo, y – ciertamente – no la violencia de los sindicatos (eufemísticamente llamada negociación colectiva, de hecho, negociación a punta de pistola) Para llegar a esa meta, como yo lo veo, ¡hay solamente un camino! Es un método lento.
Alguna gente hasta podría decir: demasiado lento. Pero no hay atajos para llegar al paraíso terrenal. Lleva tiempo y se debe trabajar. Pero no toma tanto tiempo como la gente cree, y finalmente se llegará al objetivo buscado. En 1840, en la parte occidental de Alemania – en Swabia y Würtemberg que era de las áreas más industrializadas del mundo – se decía: “Nunca podremos alcanzar el nivel de los Británicos, tienen la ventaja de haber empezado antes y siempre nos llevarán la delantera” Treinta años más tarde los Británicos decían: “Esta competencia de Alemania no podemos aguantarla más, debemos hacer algo para eliminarla”. En ese momento el nivel de Alemania estaba subiendo muy rápidamente aproximándose al nivel Británico. Y al presente, el nivel de ingreso per cápita de Alemania no está, en absoluto, por detrás del Británico.
En el centro de Europa está Suiza, un pequeño país al que la naturaleza ha dotado muy pobremente. No tiene minas de carbón, no tiene minerales, no tiene recursos naturales.
Pero su gente, a través de los siglos, siguió continuamente una política capitalista. Han desarrollado el más alto nivel de vida en Europa Continental y su país se ubica entre los más grandes centros de civilización en el mundo. No veo porque Argentina – que es mucho más grande que Suiza, tanto en población como en superficie – no podría obtener el mismo alto nivel de vida después de algunos años de buenas políticas. Pero – como he señalado antes – las políticas deben ser buenas.

Ludwig Von Mises. Sexta Conferencia Argentina. Politica e Ideas


Políticas e ideas
En la Era de la Ilustración, cuando los Norte Americanos iniciaban su Independencia, y unos pocos años más tarde, cuando las colonias Españolas y Portuguesas se transformaban en naciones independientes el humor prevaleciente en la civilización Occidental era de optimismo. En esa época todos los filósofos y los estadistas estaban totalmente convencidos que estábamos viviendo una nueva época de prosperidad, de progreso y de libertad. En esos días la gente esperaba que las nuevas instituciones políticas – los gobiernos representativos constitucionales establecidos en las naciones libres de Europa y América – funcionaran de una forma muy beneficiosa y que la libertad económica mejoraría continuamente las condiciones materiales de la humanidad.
Bien sabemos que algunas de estas expectativas eran demasiado optimistas. Cierto es que hemos experimentado en los Siglos XIX y XX, un mejoramiento sin precedentes en las condiciones económicas, posibilitando a una mucho mayor población vivir en un mucho más alto nivel de vida. Pero también sabemos que muchas de esas expectativas de los filósofos del Siglo XVIII se han hecho añicos, como las expectativas de que no habría más guerras y que las revoluciones serían innecesarias. Estas expectativas no se hicieron realidad.
Durante el Siglo XIX hubo un período durante el cual las guerras se redujeron tanto en su cantidad como en su severidad. Pero el Siglo XX trajo un resurgimiento del espíritu guerrero y podemos bastante razonablemente decir que no hemos llegado todavía al final de las tribulaciones que la humanidad deberá sufrir.
El sistema constitucional que comenzó a finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX ha desilusionado a la humanidad. La mayor parte de la gente – y la mayor parte de los autores – que se ocuparon de este tema, parecen pensar que no ha existido conexión alguna entre el lado económico y el lado político del problema. Así es que tienden a ocuparse mucho del deterioro del sistema parlamentario – el gobierno llevado a cabo por los representantes del pueblo – como si este fenómeno fuera completamente independiente de la situación económica y de las ideas económicas que condicionan las actividades de la gente. Pero tal independencia no existe. El hombre no es un ente que, por un lado, tiene una parte económica, y por el otro, una parte política, sin conexión alguna entre ambos. De hecho, lo que se denomina el deterioro de la libertad, del gobierno constitucional y de las instituciones representativas, es la consecuencia del cambio radical en las ideas económicas y políticas. Los acontecimientos políticos son la consecuencia inevitable del cambio en las políticas económicas.
Las ideas que guiaron a los estadistas, a los filósofos y a los hombres de leyes quienes, en el Siglo XVIII y al principio del Siglo XIX, desarrollaron los principios fundamentales del nuevo sistema político, comenzaron del supuesto que, dentro de una nación, todos los ciudadanos honestos tendrían el mismo objetivo final. Esta meta principal, a la cual se dedicarían todos los hombres decentes, es el bienestar de toda la nación, y también el bienestar de otras naciones, y estos líderes morales y políticos estarían absolutamente convencidos que una nación libre no debe estar interesada en conquistas. Deberían concebir los conflictos entre los partidos políticos como algo natural ya que sería perfectamente normal que hubiera diferencias de opinión sobre la mejor manera de conducir los asuntos de estado.
Aquella gente que sostuviera similares ideas sobre un problema cooperarían entre ellos, y esta forma de cooperación se denominaría un partido político. Pero la estructura de un partido no sería permanente. No dependería de la posición social de los individuos dentro de la estructura de la sociedad. Podría cambiar si la gente se diera cuenta que su posición original estaba basada sobre supuestos erróneos, sobre ideas erróneas. Desde este punto de vista, muchos consideraban las discusiones en una campaña electoral o, luego, las discusiones en las asambleas legislativas como un factor político importante. Los discursos de los miembros de una legislatura no eran considerados meros pronunciamientos que decían al mundo lo que deseaba un partido político. Eran considerados como intentos de convencer a los grupos adversarios que las ideas propias del orador eran correctas, más beneficiosas para el bien común que aquellas que habían escuchado antes.
Los discursos políticos, los editoriales en los diarios, los folletos y libros eran escritos con el objetivo de persuadir. Existían pocas razones para creer que no se podría convencer a la mayoría que la posición propia era absolutamente correcta y que las ideas propias eran sanas. Fue desde este punto de vista que se escribieron las reglas constitucionales en los cuerpos legislativos de principios del Siglo XIX.
Pero esto presuponía que el Gobierno no interferiría en las condiciones económicas del mercado. Implicaba que todos los ciudadanos tenían solamente un objetivo político: el bienestar de todo el país y de toda la nación. Y es precisamente esta filosofía social y económica la que ha sido reemplazada por el intervencionismo. Y es el intervencionismo el que ha generado una muy diferente filosofía.
Bajo las ideas intervencionistas, es la tarea del Gobierno soportar, subsidiar, dar privilegios a grupos especiales. La idea de los estadistas del Siglo XVIII era que los legisladores tenían ideas específicas (quizás diferentes) sobre el bien común. Pero lo que tenemos hoy en día, lo que vemos hoy en la realidad de la vida política, prácticamente sin excepción alguna, en todos los países del mundo – donde no existe directamente una dictadura comunista – es una situación en la que no existen más partidos políticos en el antiguo y clásico sentido del término, sino meramente grupos de presión.
Un grupo de presión es un grupo de gente que desea obtener para ellos un privilegio especial a expensas del resto de la nación. El privilegio puede consistir en una tarifa sobre la importación de productos que compitan con los propios, puede consistir en un subsidio, puede consistir en la sanción de leyes que impidan a otra gente competir con los miembros del grupo de presión. Sea lo que fuere, otorga a los miembros del grupo de presión una posición especial, de privilegio. Les da algo que es negado o que debería ser negado – de acuerdo con las ideas del grupo de presión – a otros grupos.
En los Estados Unidos, aparentemente, se preserva el antiguo sistema de dos partidos.
Pero esto es solamente un camuflaje de la situación real. De hecho, la vida política de los Estados Unidos – como la vida política de todos los demás países – está determinada por la lucha y las aspiraciones de los grupos de presión. En los Estados Unidos existe todavía un Partido Republicano y existe todavía un Partido Demócrata, pero en cada uno de estos dos partidos hay representantes de los grupos de presión. Estos representantes de los grupos de presión están más interesados en cooperar con los representantes del mismo grupo de presión en el partido adversario que con los miembros de su propio partido.
Para darles un ejemplo, si hablan con personas en Estados Unidos que realmente conocen los asuntos del Congreso, les dirán: “Esta persona, este miembro del Congreso, representa los intereses del grupo del metal plata” O les dirán este otro miembro del Congreso representa a los productores de trigo.
Por supuesto cada uno de estos grupos de presión necesariamente es una minoría. En un sistema basado sobre la división del trabajo, cada grupo especial que aspira a tener determinados privilegios, tiene que ser una minoría. Y las minorías nunca tienen la oportunidad de alcanzar el éxito si no cooperan con otras minorías similares, otros grupos de presión similares. En las asambleas legislativas, tratan de armar una coalición entre los diferentes grupos de presión, así pueden convertirse en una mayoría. Pero, después de un tiempo, esta coalición puede desintegrarse, porque existen problemas sobre los cuales es imposible alcanzar un acuerdo con otros grupos de presión, y se forman nuevas coaliciones de grupos de presión Esto es lo que ocurrió en Francia en 1871, una situación que los historiadores consideran “la descomposición de la Tercera República”. No fue una descomposición de la República, fue simplemente una demostración del hecho que el sistema de “grupos de presión” no es un sistema que pueda aplicarse exitosamente al gobierno de una gran nación.
Se tienen, en las legislaturas, representantes del trigo, de la carne, de la plata, del petróleo, pero antes que nada, representantes de los diferentes sindicatos. La única cosa que no está representada en la legislatura es la nación como un todo. Y todos los problemas, aún los de política exterior, se miran desde el punto de vista de los intereses de los grupos especiales de presión En los Estados Unidos, algunos de los estados menos populosos están interesados en el precio de la plata. Pero no todas las personas en esos estados están interesadas en ello.
Sin embargo, los Estados Unidos, por muchas décadas, han gastado una considerable suma de dinero, a expensas de los contribuyentes, para comprar plata a un precio por encima del valor de mercado. Otro ejemplo, en los Estados Unidos sólo una pequeña proporción de la población trabaja en la agricultura, el resto de la población consiste en consumidores – pero no productores – de los productos de la agricultura. Sin embargo, Los Estados Unidos tienen una política de gastar billones y billones de dólares para mantener los precios de los productos agrícolas por encima del eventual precio de mercado.
No podría decirse que ésta es una política a favor de una pequeña minoría, ya que estos intereses agrícolas no son uniformes. Un productor de leche no está interesado en un alto precio de los cereales o del forraje, preferiría un menor precio para estos productos. Un criador de pollos desea un precio más bajo para el alimento balanceado (compuesto principalmente por cereales). Existen muchos intereses especiales incompatibles dentro del mismo grupo. Aún así, la hábil diplomacia de la politiquería parlamentaria posibilita a los pequeños grupos minoritarios obtener privilegios a expensa de las mayorías.
Una situación, particularmente interesante en los Estados Unidos, concierne al azúcar.
Quizás 1 de cada 500 Norteamericanos está interesado es un mayor precio del azúcar.
Probablemente 499 de cada 500 Norteamericanos desea un precio más bajo para el azúcar. Sin embargo, la política de los Estados Unidos está comprometida, por medio de tarifas y otras medidas especiales, a mantener un más alto precio del azúcar. Esta política es no sólo perjudicial para estos 499 que son consumidores de azúcar, sino que también causa un serio problema en la política exterior de los Estados Unidos. El objetivo de la política exterior es la cooperación con todas las otras repúblicas americanas, algunas de las cuales están interesadas en vender azúcar a los Estados Unidos. Les gustaría vender un mayor volumen. Esto ilustra cómo los intereses de los grupos de presión pueden establecer la política exterior de una nación.
Por años, la gente en todo el mundo ha estado escribiendo sobre la democracia, sobre el gobierno popular, representativo. Han estado quejándose de sus deficiencias, pero la democracia que ellos critican es solamente aquella democracia bajo la cual el intervencionismo es la política que gobierna ese país.
Hoy se puede oír a la gente decir: “A principios del Siglo XIX, en los parlamentos de Francia, de Inglaterra, de los Estados Unidos, y de otras naciones, había discursos sobre los grandes problemas de la humanidad. Luchaban contra la tiranía, por la libertad, por la cooperación con otras naciones libres. Pero ahora somos más prácticos en los parlamentos” Es cierto, ahora somos más prácticos, la gente hoy no habla sobre la libertad: hablan sobre un mayor precio para el maní. Si esto es práctico, entonces – por cierto – los parlamentos han cambiado considerablemente, pero no han mejorado.
Estos cambios políticos, originados en el intervencionismo, han debilitado considerablemente el poder de las naciones, y de sus representantes populares, para resistir las aspiraciones de los dictadores y las operaciones de los tiranos. Los representantes legislativos, cuya única preocupación es satisfacer a los votantes que desean, por ejemplo, mejores precios para el azúcar, la leche y la manteca y un menor precio para el trigo (lógicamente subsidiado por el gobierno) pueden representar al pueblo solamente de una manera muy débil, nunca pueden representar a todos sus votantes.
Los votantes que favorecen dichos privilegios no se dan cuenta que también hay oponentes, que desean algo exactamente opuesto, e impiden a sus representantes obtener un éxito completo.
Este sistema, además, lleva por un lado a un constante incremento de los gastos públicos, y por el otro, hace más difícil establecer o cobrar impuestos. Estos representantes de grupos de presión aspiran a muchos privilegios especiales para su grupo de presión, pero no están dispuestos a impones a sus votantes una pesada carga impositiva.
No era la idea, en el Siglo XVIII, de los fundadores del moderno sistema constitucional de gobierno, que un legislador representara, no a toda la nación, sino los especiales intereses del distrito en el que fuera elegido, que fue una de las consecuencias del intervencionismo.
La idea original era que cada miembro del parlamento debería representar a toda la nación aunque fuera elegido en un distrito en especial solamente porque allí era conocido y la gente tenía confianza en él.
Pero no era la intención que fuera al gobierno a efectos de procurar algo en especial para sus votantes, que pidiera una nueva escuela o un nuevo hospital o un nuevo manicomio, causando así un considerable incremento de los gastos gubernamentales en su distrito.
Las políticas de “grupos de presión” explican por qué es casi imposible para todos los gobiernos detener la inflación. Tan pronto como los funcionarios electos tratan de restringir los gastos o limitar las inversiones, aquellos que respaldan intereses especiales, que obtienen ventajas de rubros específicos del presupuesto, se adelantan y declaran que este proyecto en particular no puede ser eliminado, o que este otro debe ser realizado.
La dictadura, desde ya, no es una solución a los problemas de la economía, tal como no es una respuesta a los problemas de la libertad. Un dictador puede comenzar haciendo promesas de cualquier naturaleza pero, siendo un dictador, no cumplirá sus promesas. En cambio, inmediatamente suprimirá la libertad de expresión, así la prensa o los oradores parlamentarios no podrán – algunos días, algunos meses o algunos años más tarde – remarcar que lo que dijo al principio de su dictadura era completamente diferente de lo que hizo después.
La terrible dictadura con la que un país tan grande como Alemania tuvo que vivir en un pasado reciente, cuando vemos hoy la declinación de la libertad en tantos países. Como consecuencia, la gente habla hoy sobre el deterioro de la libertad y la decadencia de nuestra civilización.
Dice la gente que toda civilización debe finalmente caer en la ruina y en la desintegración.
Hay eminentes defensores de esta idea. Uno fue el maestro alemán Spengler, y otro – mejor conocido – el historiador inglés Toynbee. Ellos dicen que ahora nuestra civilización es vieja. Spengler comparaba a las civilizaciones con plantas que crecen y crecen, pero cuya vida, en algún momento, llega a su fin. La metafórica comparación de una civilización con una planta es absolutamente arbitraria.
Primeramente, es muy difícil distinguir, dentro de la historia de la humanidad, civilizaciones diferentes, independientes. Las civilizaciones no son independientes, sino que son interdependientes, constantemente influyen unas a las otras. Por consiguiente, no puede hablarse de la declinación de una civilización en particular de la misma manera en que puede hablarse de la muerte de una planta en particular.
Pero, aún si se refutan las teorías de Spengler y Toynbee, todavía queda una comparación que es bastante popular: la comparación de civilizaciones declinantes. Ciertamente es verdad que en el segundo siglo de la era cristiana, el Imperio Romano mantenía una civilización muy floreciente, que en aquellas partes de Europa, Asia y África donde el Imperio Romano gobernaba había una civilización de alto nivel. Había también una muy alta civilización económica basada sobre cierto grado de división del trabajo. Aunque parezca primitiva, cuando se la compara con nuestras condiciones actuales, Ciertamente era destacable. Llegó al más alto grado de división del trabajo jamás obtenido antes del capitalismo moderno. No es menos cierto que esta civilización se desintegró, especialmente en el Siglo III. Esta desintegración interna del Imperio Romano imposibilitó a los Romanos resistir la agresión externa. Aunque la agresión no era peor que la que los Romanos habían resistido una y otra vez en los siglos precedentes, no pudieron soportarla por más tiempo luego de lo que había tenido lugar dentro del Imperio.
¿Qué había ocurrido? ¿Cuál fue el problema? ¿Qué era lo que causó la desintegración de un Imperio que había logrado la más alta civilización jamás obtenida antes del Siglo XVIII? La verdad es que lo que había destruido esta antigua civilización era algo similar, casi idéntico a los peligros que amenazan nuestra civilización hoy en día: por un lado fue el intervencionismo, y por el otro la inflación. El intervencionismo en el Imperio Romano consistió en el hecho que los Romanos, siguiendo el precedente de la política de los Griegos. No se abstuvieron de imponer controles de precios. Pero dicho control de precios era benigno, ya que por siglos no trató de reducir los precios por debajo del nivel de mercado. Pero cuando la inflación comenzó en el Siglo III, los pobres Romanos no disponían de los medios técnicos que hoy disponemos para la inflación. No podían imprimir dinero, tenían que alterar las monedas metálicas (reducción de su contenido metálico) y éste era un sistema de inflación muy inferior al sistema actual que – través del uso intensivo de la imprenta – puede destruir tan fácilmente el valor del dinero. Pero era bastante eficiente y produjo el mismo resultado que el control de precios, dado que los precios que las autoridades ahora toleraban estaban por debajo del precio potencial al cual la inflación había llevado los precios de los diversos productos.
El resultado, desde luego, fue que se redujo la provisión de alimentos en las ciudades. La gente en las ciudades se vio forzada a volver al campo y a retornar a la agricultura. Los Romanos nunca se dieron cuenta de lo que ocurría. No entendieron. Todavía no había desarrollado las herramientas mentales para interpretar los problemas de la división del trabajo y de las consecuencias de la inflación sobre los precios de mercado. Pero que esta inflación monetaria, esta alteración de las monedas metálicas estaba mal, lo entendían muy bien.
En consecuencia los emperadores hicieron leyes contra esta mudanza. Había leyes para impedir a los habitantes de las ciudades mudarse al campo, pero tales leyes resultaron ineficaces. Ya que la gente no tenía nada para comer en la ciudad y estaban hambrientos, no había ley que pudiera impedirles dejar las ciudades y volver a la agricultura. El habitante de la ciudad no pudo más trabajar en las industrias de procesamiento de las ciudades como un artesano. Y, con la pérdida de los mercados en las ciudades, nadie podía comprar algo allí.
Vemos así que, desde el Siglo III en adelante, las ciudades del Imperio Romano declinaban notoriamente y que la división del trabajo se volvió menos intensiva de lo que había sido antes. Finalmente emergió el sistema medieval del hogar autosuficiente, de la “villa” como se la llamó en leyes posteriores.
Por lo tanto, si se compara nuestras condiciones con las del Imperio Romano, algunos dirán “Vamos por el mismo camino” y tienen algunas razones para decirlo. Pueden encontrar algunos hechos que son similares. Pero hay también enormes diferencias. Estas diferencias no están en la estructura política que prevalecía en la segunda parte del Siglo III. En esa época, en promedio, un emperador era asesinado y el hombre que lo había matado o lo había mandado matar se convertía en el sucesor. Después de tres años, en promedio, lo mismo le sucedía al nuevo emperador. Cuando Diocleciano, en el 284, llegó a ser emperador, por algún tiempo trató de oponerse a la descomposición, pero sin éxito.
Existen enormes diferencias entre las condiciones de hoy en día y las que prevalecían en Roma, en que las medidas que causaron la desintegración del Imperio Romano no fueron premeditadas. No fueron, yo diría, el resultado de censurables doctrinas formuladas.
Sin embargo, en contraste, las ideas intervencionistas, las ideas socialistas, las ideas inflacionistas de nuestros días, han sido tramadas y formuladas por escritores y profesores. Y son enseñadas en las escuelas y en las universidades. Se puede decir “La situación de hoy es mucho peor” y yo contestaría “No, no es peor” En mi opinión es mejor porque las ideas pueden derrotarse con otras ideas. Nadie dudaba, en la época de los emperadores Romanos que el gobierno tenía el derecho y que era una buena política determinar los precios máximos. Y nadie lo discutía.
Pero ahora que tenemos escuelas y profesores y libros que recomiendan esto, sabemos muy bien que este es un problema para ser discutido. Todas estas malas ideas, por la cuales sufrimos hoy, que han hecho que nuestras políticas fueran tan dañinas, fueron desarrolladas por teóricos académicos.
Un famoso autor español 7 hablaba de la “rebelón de las masas”. Debemos ser muy cuidadosos al usar este término ya que la rebelión no fue hecha por las masas, fue hecha por los intelectuales. Y esos intelectuales que desarrollaron estas doctrinas no eran hombres de las masas. La doctrina marxista pretende que solamente los proletarios son los que tienen buenas ideas y que solamente el genio proletario creó el socialismo, pero todos los autores socialistas, sin excepción, eran burgueses, en el sentido en que los socialistas usan este término.
Kart Marx no era un hombre del proletariado. Era hijo de un abogado. Para ir a la universidad, no tuvo necesidad de trabajar. Estudió en la universidad al igual que hoy lo hacen los hijos de las familias acomodadas. Luego, y por el resto de su vida, fue mantenido por su amigo Friedrich Engels, quien – siendo un industrial – era el peor tipo de burgués, según las ideas socialistas. En el lenguaje del marxismo, era un explotador.
Todo lo que ocurre en el mundo social de nuestros días es el resultado de ideas. Las cosas buenas y las cosas malas. Lo que se necesita es combatir las malas ideas.
Debemos combatir todo lo que nos disgusta en la vida pública. Debemos sustituir las malas ideas por buenas ideas. Debemos refutas las doctrinas que promueven la violencia sindical. Debemos oponernos a a la confiscación de la propiedad, el control de precios, la inflación y todos los males que nos traen sufrimiento.
Las ideas, y solamente las ideas, pueden llevar luz a la oscuridad. Estas ideas deben hacerse públicas de una manera que persuadan a la gente. Debemos convencerlos que estas ideas son las ideas correctas y no son erróneas. La gran época del Siglo XIX, los grandes logros del capitalismo, fueron el resultado de las ideas de los economistas clásicos, de Adam Smith y David Ricardo, de Bastiat y de tantos otros.
Lo que necesitamos es nada más que sustituir las malas ideas por buenas ideas. Esto espero, y tengo confianza, será hecho por la naciente generación. Nuestra civilización no está condenada como nos dicen Spengler y Toynbee. Nuestra civilización no será conquistada por el espíritu de Moscú. Nuestra civilización sobrevivirá, y debe hacerlo. Y sobrevivirá a través de mejores ideas que serán desarrolladas por la nueva generación.
Considero que es un buen signo que, mientras hace cincuenta años prácticamente nadie en el mundo tenía el coraje de decir algo a favor de una economía libre, ahora tenemos, al menos en los más avanzados países del mundo, instituciones que son centros de propagación de las ideas de una economía libre, como por ejemplo el “Centro” en vuestro país que me invitó a venir a Buenos Aires a decir unas pocas palabras en esta gran ciudad.
No pude decir mucho sobre estos asuntos tan importantes. Seis conferencias pueden ser mucho para una audiencia pero no son suficientes para desarrollar la filosofía completa de un sistema de economía libre, y ciertamente no son suficientes para refutar todas las tonterías que se han escrito, en los últimos cincuenta años, sobre los problemas económicos que estamos tratando.
Estoy muy agradecido a este centro por darme la oportunidad de dirigirme a tan distinguida audiencia y tengo la esperanza que en unos pocos años, el número de aquellos que respaldan las ideas de libertad en este y en otros países, se incrementará considerablemente. Yo por mi parte tengo una total confianza en el futuro de la libertad política y de la libertad económica.

Ciclos Economicos.

El “ciclo económico” tal como se explicaba en 1755

Mises Diario: Viernes, 24 de septiembre 2010
por Richard Cantillon 

[De An Essay on Economic Theory, traducido del Francés al Inglés por Chantal Saucier, editado por Mark Thornton]
Resumen: Cuando el banco nacional del gobierno infla la oferta de dinero mediante el aumento del suministro de billetes de banco, reduce la tasa de interés y puede aumentar el precio de las acciones. Este es un proceso corruptor, y al redimir los billetes, el precio de las acciones cae y puede dar lugar a "corridas" bancarias y al caos económico. Esto es lo que se conoce ahora como el "ciclo económico".
El Banco Nacional de Londres está compuesto de un gran número de accionistas quienes eligen una junta directiva para manejar sus operaciones. Su tarea principal consistía en hacer la distribución anual de las ganancias provenientes de los intereses sobre préstamos hechos con dinero de los depósitos bancarios. Más tarde la deuda pública, sobre la cual el Estado paga un interés anual, también se incorporaría a esta tarea.
A pesar de esta sólida base, una vez que el banco había desembolsado grandes sumas al Estado y los titulares de los billetes tuviesen la aprehensión de que el banco pudiera estar en dificultades, se producía una "corrida" bancaria, y los titulares de los billetes corrían en masa a retirar su dinero. Esta misma cosa ocurrió durante el colapso de la Compañía del Mar del Sur en 1720.
Los refinamientos introducidos para apoyar el banco y limitar su descrédito fueron: establecer primero un número de empleados para contar el dinero de aquellos que traían los billetes; pagar grandes cantidades en monedas de seis peniques y chelines para ganar tiempo; [i] y pagar parcialmente a los tenedores individuales, especialmente a quienes habían estado esperando todo el día por su pago.
Sin embargo, las cantidades más considerables eran pagadas a los amigos, quienes las llevaban y secretamente las traían de vuelta al banco sólo para repetir la misma maniobra al día siguiente. De esta manera, el banco guardaba las apariencias y ganaba tiempo hasta que el pánico disminuyese. Pero cuando esto no era suficiente, el banco abría una suscripción de acciones, involucraba a gente confiable y solvente para que participaran como garantes de grandes sumas, a fin de mantener el crédito y la circulación de los billetes de banco.
Fue por este último refinamiento que el crédito del banco se mantuvo en 1720 cuando la Compañía de los Mares del Sur se derrumbó. Tan pronto como se sabía públicamente que personajes ricos y poderosos estaban en la lista de suscripción, la corrida contra el banco cesaba y los depósitos volvían como de costumbre.
Si un Ministro de Estado en Inglaterra, [ii], buscando reducir la tasa de interés, o por otras razones, aumenta el precio de la acciones públicas en Londres, y si tiene suficiente crédito con los directores del banco para llegar a emitir tal cantidad de billetes sin respaldo (bajo la obligación de indemnizarlos en caso de pérdida), pidiéndoles que utilicen esos billetes para comprar varios lotes de acciones públicas, el precio de estas acciones se incrementará debido a dichas operaciones.
Y aquellos que han vendido acciones, viendo que los altos precios continúen, tal vez se decidirán a volver a comprar a un precio superior al que vendieron, para no dejar sus billetes quietos, creyendo los rumores de que la tasa de interés iría a caer y que el precio de las acciones se elevaría más. Si varias personas imitan a los agentes de los bancos y compran estas acciones, con la esperanza de lucrarse como ellos, los fondos públicos se incrementarán en precio hasta el punto que el ministro desee. Y puede ocurrir que el banco hábilmente venda a un precio superior todas las acciones compradas a petición del ministro, y no sólo logrará una gran utilidad en ello, sino que además podrá retirar y cancelar todos los billetes que se emitieron en forma extraordinaria.
Si el banco por sí sólo hace que el precio de las acciones públicas suban mediante la compra, también hará que caiga cuando venda a fin de cancelar los billetes que emitió en forma extraordinaria. Sin embargo, muchas personas suelen seguir a los agentes del banco en sus operaciones y contribuyen a mantener un precio alto. Algunos quedan atrapados debido a que no entiende estas operaciones, en las que se encuentran un infinito número de refinamientos, o más bien de engaños, los cuales están por fuera del tema que hoy tratamos.
Es entonces evidente que un banco, con la complicidad de un administrador público, es capaz de elevar y sostener el precio de las acciones públicas, y reducir las tasas del interés estatal a conveniencia del administrador. Cuando estos pasos se dan con discreción, se puede pagar la totalidad de la deuda del estado. Pero estos refinamientos, que abren la puerta a la acumulación de grandes fortunas, rara vez se llevan a cabo para ventaja del Estado únicamente; quienes toman parte en este tipo de asuntos son generalmente corruptos.
El exceso de billetes fabricados y emitidos en estas ocasiones no incomodan la circulación ya que se utilizan para la compra y venta de acciones. No se utilizan para gastos del hogar ni se convierten a monedas de plata. Pero si algún tipo imprevisto de pánico o crisis lleva a los tenedores de los billetes a demandar monedas de plata en el banco, la bomba estalla y se descubre que estas son operaciones peligrosas.
Richard Cantillon (1680-1734) fue el padre de la economía moderna. Murray Rothbard lo llamó "uno de los personajes más fascinantes de la historia del pensamiento social o económico" y lo describió como "un comerciante irlandés afrancesado, banquero y aventurero que escribió el primer tratado de economía, anticipándose en más de cuatro décadas a la publicación de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith.
Cantillon se convirtió en millonario invirtiendo en la "Compañía del Mississippi" de John Law y predijo el estallido de la ahora infame burbuja del Mississippi. Se trasladó a Inglaterra, donde murió en un incendio, supuestamente iniciado por un cocinero que había despedido.
Este artículo es un extracto de la parte 3, capítulo 8 "De los refinamientos del Crédito de los Bancos Generales" en el libro Ensayo sobre la Naturaleza del Comercio en General.


Notas

[i] Nota del Traductor: El banco estaba esencialmente sustituyendo los billetes por monedas de baja denominación con el fin de retrasar y desalentar la transacción.
[ii] Nota del Traductor: Cantillon se refiere probablemente a Robert Walpole, quien estaba en el Gabinete Inglés en aquel momento y quien se convertiría, a raíz del escándalo, en Primer Lord del Tesoro, Ministro de Hacienda, y Jefe de la Cámara de los Comunes. Fue el primer "Primer Ministro" de Inglaterra.

 TRADUCIDO DEL INGLÉS POR RODRIGO DÍAZ

La Cooperacion Social - Premisas


Premisas: Descripcion de una conducta general, se aplica en todas las situaciones, en este caso la ciencia económica nos explica como ha evolucionado la cooperacion social que hizo posible el maravilloso aumento de la productividad de la sociedad entera.
pare ver como esto se desarrollo partimos de principios fundamentales de el comportamiento humano en el intercambio de valores.

Premisa 1: El ser humano siempre actua para disminuir su grado de insatisfaccion. busca por sus acciones sustituir un estado de cosas insatisfactorio por uno menos insatisfactorio, en mejores palabras, el hombre actua siempre con la intencion de mejorar su estado.

Premisa 2: El hombre es capaz de escoger, e inevitablemente siempre escoge, aun cuando decida no escoger, ya se ha decidido por esa opcion.


Premisa 3: Vivimos en un mundo donde todo, menos el aire (aun), es escazo.
Escasez implica incurrir en lo que llamamos costo de oportunidad, lo que es que al ser todo escazo debemos escoger algo, dejando de percibir otra cosa.

Premisa 4: El ser humano no es omniciente ni infalible.
el mundo es imperfecto, las comunicaciones son imperfectas y las condiciones del mundo estan en constante cambio.

Premisa 5:
El ser humano siempre trata deobtener sus satisfacciones con la menor cantidad de trabajo y esfuerzo posible. En otras palabras, el ser humano trata de economizar el trabajo.

Premisa 6
: Todas las personas son distintas. cada individuo es unico, y la unica regla es la "diversidad" esto trae habilidades diferentes en varias areas, lo que hace un complemento social a cada humano.


Manuel Ayau (Proceso económico)

Función del Gobierno

"La mejor política económica es limitar la acción del gobierno a crear las condiciones seguir sus propios objetivos y vivir en paz con sus vecinos. La obligación del gobierno es, simplemente, proteger la vida y la propiedad y permitir a la gente disfrutar la libertad y la oportunidad de cooperar y comerciar unos con otros. De esta forma el gobierno crea el entorno económico que permite que el capitalismo florezca" Bettina Bien Greaves 2/1995

"El desarrollo del capitalismo consiste en que cada uno tenga el derecho de servir a su cliente mejor y/o mas barato. y este método, este principio, es un comparativamente corto período de tiempo, ha transformado el mundo entero. Ha hecho posible un crecimiento -sin precedentes- en la población mundial." L. von Mises.